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Echándonos de menos, Roberto Gárriz
Los Inrockuptibles, agosto de 2005

Cierta tradición biográfica dictamina que aquellos que se hacen acreedores del privilegio de que se hable de ellos son los que han pasado por el mundo dejando tras de sí un halo de acontecimientos o, al menos, de labores a ser tenidas en consideración por el "futuro de la Humanidad". Echándonos de menos dictamina lo contrario. El libro de Roberto Gárriz es una sucesión de vidas breves de gente no ilustre, de personas que no han hecho más que pasar sin dejar una huella evidente. Y, craso error, parece sostener Gárriz: no hay vida, por irrelevante que parezca, que no reclame al menos diez páginas a su memoria.

Para empezar podríamos decir algo que de ahora en más se va a repetir casi como un mantra canónico: Gárriz le debe mucho al uruguayo Maslíah; pero también hay que decir que el alumno se aleja haciendo una versión depurada del maestro. Allí donde Maslíah se beneficia del descontrol (Maslíah nunca es mejor que descontrolado), Gárriz impone el orden riguroso. Allí donde Maslíah parece andar con rumbo incierto, Gárriz nunca pierde de vista el horizonte. Si es evidente que, de manera similar a su maestro, Gárriz gusta de una geografía específica en la que hacer "bailar" a sus personajes. Una fiesta de casamiento es un lugar ideal para recabar historias, y más aún si el testigo en cuestión tiene veleidades de escritor y conoce al detalle las tribulaciones de cada uno de los comensales. La idea es ocurrente: un pequeño escenario con gente inóvil, que a lo sumo extiende la mano para atrapar al paso un canapé, y de la que se cuentan cosas inconfesables, pequeñas biografías que culminan en el momento del ágape. El narrador escribirá su novela "como un cronista de guerra, con rigor en cada una de sus intervenciones". Y hasta es posible que después haga una presentación. Fita Arizmendi de Ciccia, una mujer sin demasiadas luces que desconoce el uso de la metáfora, la ironía y el sarcasmo; Ariel Borges, un empleado bancario que carga consigo una culpa inconfesable; Julio Chiapetta y su esposa Emma, la del "abdomen ansioso"; Paola, una economista associate director en una importante compañía multinacional que no tiene novio; Ponchi Laferrere y señora; Gabriel Torrado y señora...

Detalles encantadores son lo que sobran (y la sombra de Maslíah asoma). Por ejemplo, no se toma whisky de una petaca, sino que "se hace lugar en la petaca mediante el desalojo del whisky que contiene". A ciencia cierta, no sabemos bien qué nombre darle a ese recurso, pero a falta de uno mejor podemos nombrarlo, casi como para salir del paso, como literatura.